Entre los hombres hay pocos que sean honestos, pero entre las mujeres ninguna. Paul Morand, L'allure de Chanel.
La mujer de Juan Carlos viene a verme por algo referente al edificio. La hago pasar y decido invitarla con un café. Acepta. No tengo veneno. Se lo escupo. Pienso que mañana sin falta compraré una dieffenbachia, por si se le ocurre volver otro día a hablar conmigo. Elogia el color de las paredes. "Es antiguo", le digo, "me muero por cambiarlo". Se detiene frente a una reproducción que cuelga sobre mi escritorio y —estirando la cara, frunciendo la boca, llevándose una mano a la barbilla— confiesa: "Adoro Monet". "Van Gogh", la corrijo. Se disculpa por la torpeza cometida y, bajando los ojos hacia los zapatos, enrojece súbitamente. No sé por que la contradije. Es un Monet, lo sé muy bien. Le digo que se ponga cómoda, que me cuente en detalles la razón de su visita. Mientras ella, sentada frente a mí, me habla de ascensores y rellanos, de porteros y recibidores, yo me entretengo mirando sin ninguna discreción sus piernas. Son vulgares, amorfas, de tobillos gruesos. Al saberse mirada las cruza y las descruza, espanta insectos que no existen, trata de esconderlas tras los muebles. Le hablo de los zapatos tan cómodos que llevo, de la calidad y duración de los pantys franceses que uso habitualmente "¡Ah, si, éstos mismos!", digo, de las sentadoras faldas cortas. Todo solamente para llamar su atención sobre las largas y torneadas piernas que tiene delante mismo de su cara inocente de matrona bien servida. Se atraganta con el café. Invento rápidamente una excusa para zambullirme en la cocina y no reírme abiertamente en su cara. Aprovecha para pedirme agua a gritos, como si estuviera a punto de deshidratarse por la envidia. Abro el grifo y lleno un vaso hasta el borde, de manera que al cogerlo no puede evitar que algunas gotas caigan sobre el sofá donde está sentada. La veo ponerse roja, buscar algo con que eliminar la mancha absolutamente inocua, optando al final por el puño impecable de su chaqueta rosa. Me mira con los párpados caídos, esperando un perdón que la libere de esa situación desgraciada. La observo fijamente, en silencio. Abandona el vaso sobre la pequeña mesa que tiene a su costado, y al hacerlo vuelca un cilindro cerámico lleno de lápices y rotuladores. Se agacha a recogerlos, ya totalmente histérica, y aprovecho la ocasión para decirle lo desgraciada que me haría que ese cacharro se rompiera. Un regalo de mi madre", miento, "muy querido para mí." Sin darle un instante de tregua, le pregunto: "¿Quiere un tranquilizante? La veo muy nerviosa." No puede contestarme. Debe escapar de aquí, borrarse como sea. Elijo ser piadosa. "Tendrá que disculparme", le digo, "dentro de unos minutos recibo una visita." He callado lo más importante: dentro de un momento llegará su marido, me tomará entre sus brazos, acariciará mis piernas, mis rodillas, me besará en la boca, se meterá en mi cuerpo sin pedir permiso, con violencia; hará de mí una yegua desbocada, un corcel sumiso, y, cuando finalmente nos llegue a los dos el alivio que buscábamos, descansará tranquilo, sin recordar siquiera que ella lo espera arriba, paseándose nerviosa y aburrida sobre nuestros cuerpos abrazados.
Tocan a la puerta. Estoy recién levantada. Los cabellos sueltos sobre los hombros, una ligera bata de seda sobre la piel que aún conserva el olor y la temperatura de las mantas. A los pies de la cama, abandonadas, un par de medias y unas mórbidas bragas de encaje color carne. Es Él, por supuesto. Tiene el cabello, la cara y el cuello empapados. Afuera llueve torrencialmente, y ella, su mujer, se ha quedado dormida frente al televisor. Se supone que Él ha bajado a... En realidad no tiene ninguna excusa coherente. —Has bajado porque temías haber olvidado las luces del coche encendidas. Bajo el impermeable oscuro lleva un pijama de color borravino. Un fuerte olor a animal húmedo se desprende de su cuerpo, embriagándome. Se descalza; puedo notar que bajo los pantalones de tela satinada no hay otra cosa que su carne. Lo miro con lujuria, retrocedo. —Estás muy bien, ¿lo sabes? —No me enloquezcas. —No quiero enloquecerte. Te quiero entero, consciente. Camina hacia mí al mismo ritmo que yo voy retrocediendo. Se quita el impermeable, dejándolo caer al suelo. Bajo el pantalón ligero del pijama, una forma conocida comienza a perfilarse, toma cuerpo. Un escalofrío me recorre, no puedo reprimirlo. —No te escapes de mí... —Tienes que irte. Ella despertará. —No te preocupes por eso. Acabaremos enseguida... Se ha quitado el batín y comienza a desanudar la cinta que sostiene el pantalón sobre sus caderas. La bragueta no tiene botones, y toda yo estoy allí, a la puerta del abismo, sin miedo, deseando caer al vacío. Estira una mano hacia mí. Me escapo. —Por favor, no lo hagas. Si me tocas no te dejaré marchar. —No me iré sin hacerlo. —No dejaré que lo hagas. —Te mueres de ganas. Parece que gimieras... —No puedes usarme cuando te apetezca, así, de prisa, y luego marcharte como si nada. —Mira como estoy. ¿Vas a dejarme así? —Por favor Ernesto... —Ernesto... ¿Qué dices? Me llamo Juan Carlos... —Hoy te llamas Ernesto. (...)
de El hombre de sus sueños. Tusquets. Premio 1993.
tomado de: http://www.dantebertini.com/escritos.htm
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